Et vive la difference! pero protégela con una patente.


Hace unos días estuvimos charlando con un investigador académico sobre la importancia de la Propiedad Industrial (PI) para lograr que las pequeñas empresas industriales, las que fabrican productos tangibles, se diferencien y así logren defenderse en el mercado y crecer. Hay que admitir que el investigador estaba de acuerdo con nosotros pero no estaba entusiasmado con la idea.

Parece que tendremos que seguir insistiendo. Y por ese motivo escribo esta entrada.

Empecemos por lo básico; por aquello en lo que la mayoría está de acuerdo. La esencia de la estrategia empresarial es buscar el crecimiento. El crecimiento es posible cuando la empresa tiene beneficios y es rentable (lo del crecimiento apalancado ha sido un espejismo). Y para tener beneficios, uno debe tratar de diferenciarse para que nadie le discuta el precio y así poder ganar un margen.

Todo el razonamiento anterior se sustenta en la diferenciación. Este es el camino hacia la rentabilidad y el crecimiento. La diferenciación abre las puertas a otras capacidades como el reconocimiento de marca, el acceso a los canales de distribución, el conocimiento del mercado e incluso la posibilidad de configurar el mercado. La diferenciación es la base sobre la que se sustenta el favor de los clientes. En el caso de la empresa industrial, el producto es el que debe sustentar la diferencia. En la mayor parte de los productos, esa diferencia es de tipo tecnológico.

Pero hay un peligro. Cuando se es diferente y se logra el favor del público, esto se ve y se nota. Otras empresas tendrán un alto incentivo para copiar.

Cuando una empresa es grande, lo habitual es que haya desarrollado bastantes maneras de diferenciarse. Copiarlas todas es complicado.

Cuando una empresa es pequeña y tiene éxito, puede ser muy fácil copiarle. En el caso de una empresa industrial cuando la tecnología está en el producto, muchas veces sólo es necesario comprar el producto y hacer ingeniería inversa

Si dejamos a un lado la innovación disruptiva, la pequeña e incipiente empresa industrial sólo tiene una manera, realista y al alcance de su mano, de proteger su diferencia: patentar.

Gracias a la patente, la empresa puede comprar tiempo para ir creando, una a una, el resto de capacidades sobre las que basar un modelo de negocio que haga a la empresa más atractiva, diferente y difícil de copiar.

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